domingo, 14 de marzo de 2010

ACORRALADO

Durante dos años seguidos me vi en la obligación de dormir en la sala de mis abuelos, esto, debido a que me había escapado de la casa de mis padres y mis parientes en todo su afán de ayudarme decidieron colocarme en su sala.

¿Qué podía hacer yo?, por ese entonces me encontraba cursando el último año de secundaria y no tenia los medios necesarios como para negociar un mejor hospedaje.
La sala era grande, así que me sirvió de mucho, mi cama era una porquería, de aquellas que se doblan y no tienen resortes, sino solo cartones; cuántos dolores de espalda me produjo, ya no los recuerdo del todo, pero nunca olvidare ese gran hueco que se formo debido a su “buena calidad”. Al principio fue fácil acoplarme, luego me canse de que mis tíos rebuscaran en mis cosas, de que se perdiera mi dinero, ropa; pero lo peor llego una
tarde cuando volví de la calle y me encontré con todos mis libros; una veintena, regados por mi cómoda, claramente desordenados. Yo no podía aguantar más, se habían metido con mis tesoros; había pasado un año, termine el colegio, pero aún no me podía ir de allí, por lo tanto tuve que aguantar lo mismo por un tiempo más. Conseguí un trabajo de medio tiempo vendiendo libros en un stand del centro de Lima; por las mañanas me iba a la universidad y en las tardes a trabajar. Por ese entonces digamos que ya tenía cierta independencia (es cierto que el dinero libera al hombre, algo malo, pero cierto) debido a mi sueldo, aunque era muy poco, pero me servía de mucho, ahora podía irme de fiesta, emborracharme quedarme en la casa de algún amigo.
Cuando me entere de la noticia trate de tomarla con calma, pero en mi ser no cabía tanta alegría, quería gritar, saltar y hasta hacer una fiesta con mis nuevos amigos.
Me iban a construir mi cuarto propio, después de dos largos años, iba a tener mi cuarto para mí solo, nadie nunca más tocaría mis libros o mi ropa.
La construcción se postergo muchas veces y eso me desanimo por un tiempo hasta el punto de no querer mi tan ansiado cuarto propio, ya me había hecho la idea de quedarme toda mi vida en la sala o al menos hasta que terminara la universidad. Seguí trabajando y conociendo a muchas personas, no pensé que hubiera gente tan apasionada a los libros como yo, durante los dos años de trabajo “forzado” hice amigas que luego serían mis enamoradas, bueno, pero esa es otra historia.
Recuerdo que cierta mañana desperté en la sala, me dirigí a la cocina para tomar un poco de agua y me di con la sorpresa que mi abuelo estaba levantando con la ayuda de uno de mis tíos, mi tan ansiado cuarto.
Era principios de Febrero cuando se finalizo la construcción, ahora solo faltaba que yo me mudara de la sala a “mi cuarto”.
Tuvieron que pasar dos semanas para que me decidiera en trasladar todas mis cosas, que en verdad eran pocas, mi cama nueva (de madera y con resortes), mi cómoda y mi mueble con mi ropa y libros. Luego de terminar con la decoración de mi cuarto, me puse a leer un poco; pero me sentía raro, extraño tal vez, miraba hacía todos lados, seguro era el éxtasis de estar en mi cuarto, seguí leyendo, pero me seguía sintiendo raro, ahora observado, no sabía qué era lo que pasaba. Cuando levante mi rostro del libro de Hemingway y observe mi pared, divise ¡ una cucaracha!, aquel insecto al que desde pequeño le guardaba miedo y respeto, más miedo que respeto, gire mi rostro a la derecha y vi otra, más abajo caminaba una más, eran tres dentro mi cuarto.
El pavor se apodero de mi prospecto de cuerpo y salí corriendo, era de madrugada, así que lo más probable era que me encontraría con más de ellas a las afueras de mi cuarto, así que tuve que irme a dormir a la sala. Al día siguiente todos mi familiares se burlaron de mi cobardía hacía esos insectos, cansado de sus mofas, decidí afrontar a las cucarachas.
Adquirí varios periódicos y resolví tapar todos los orificios por los cuales podían pasar los insectos no deseados, al término de la misión me sentí mejor, más tranquilo, seguro que ahora sí podría dormir tranquilo.
Esa noche, cuando entre a mi habitación encendí la luz y me tope otra vez con ellas, eran dos, no sabía cómo entraron, sólo que estaban ahí, caminando por mis libros.
Las espantes con pequeños aspavientos y estas se fueron, pero juraron volver.
Mientras dormía esa noche, cubierto con las sábanas de pies a cabeza, me puse a reflexionar que no iba a permitir de que los insectos me ganaran la batalla por la propiedad de mi cuarto, no, yo no iba a terminar como Gregorio Samsa (personaje de la metamorfosis); al día siguiente compre un insecticida y casi lo termine rociando todo mi cuarto por dentro y fuera, era mejor morir intoxicado que a manos de las cucarachas.
Esa misma noche, mientras dormía, esta vez solo, sin ninguna de ellas a mí alrededor, sabía muy bien que no iba a terminar convirtiéndome en una de ellas, ya no, y tampoco me iba a volver loco, ahora para terminar con este relato, me despido de todos ustedes. Un más ha en mi cuarto, y quiere dormir conmigo esta noche.





Contador web

No hay comentarios:

Publicar un comentario